El Principio del Fin

Juana Subercaseaux

"UNA OSCURIDAD CARGADA DE COLOR"
Casa en Blanco

La palabra griega apokálypsis es el sustantitivo derivado del verbo apokalypto, compuesto de la preposición apo (que expresa la idea de apartar, de alejar alguna cosa) y de la raíz verbal kalvpto (cubrir, esconder); así pues, etimológicamente, significa “acción de apartar algo que cubre o esconde”, es decir, “descubrir, desvelar”.
El significado que comúnmente se le da a la palabra “apocalipsis”, nos distancia del sentido original – etimológico, que la palabra carga en sí misma. Si buscamos su definición en diversos diccionarios, nos encontramos con excepciones como:
1. Fin del mundo
2. Fin catastrófico o violento
Y de lo Apocalíptico:
1. Misterioso, oscuro, enigmático
2. Terrorífico, espantoso *(terrible: inconmensurable, de tamaño, que es muy grande)
Nos interesa ahora, a partir de este juego propio del lenguaje y su uso, ver en la obra “El principio del fin” de Juana Subercaseaux, precisamente la producción de un choque en esa diversidad de significados a partir de una palabra, de un punto, de un elemento visual, del uso del color y la forma, o justamente, la ausencia de esta.
Los paisajes que nos presenta la artista, nos remitirían a este extraño devenir de la palabra “apocalipsis”, partiendo de su etimología, para desde allí, llegar a “re-velar” un sentido otro.
Esa “revelación” implícita en la palabra “apocalíptico”, nos lleva a la idea del quitar o descorrer un velo, un descubrir la naturaleza en ese estado primero, sin mediación, sin presencia humana, sin una manipulación de sus fuerzas ni medidas. A partir de zonas de color, los paisajes que Juana Subercaseaux construye, se nos presentan como conjunto colorido, como estado de energía arrojada, en este espíritu o sensación de naturaleza “salvaje”, sin formas figurativas que narren o describan, sino más bien como fuerza por medio del color. Como quien descubre, en una primera mirada, ese primer impacto en el que todo viene como totalidad y nos sobrepasa.
Ya en una segunda lectura, empezamos a ver que las posteriores excepciones de la palabra, comienzan a tomar forma. El color y su fuerza se encuentran contenidos en la oscuridad a la que nos enfrentan dichos paisajes, “una oscuridad cargada de color”. Podemos acceder a él tan sólo en ese juego de entre-ver, deve- lándolo dentro de una escena misteriosa, como de una niebla o noche oscura que hace de velo. Es ése quizá el carácter enigmático, una segunda condición de lo apocalíptico.
Pero el espanto, lo terrible (o tremendo), no viene sino, con un elemento visual en específico, que insiste dentro de una escena y la otra. Es el fuego, esa luz rojiza e incandescente que irrumpe, la que desata con violencia, por último, la catástrofe y posiblemente un fin o final.

12.03.15